martes, 20 de diciembre de 2011

Crónicas de Haití (I)

Haití no da tregua, no deja respirar ni acomodarse en el asiento. Desde que el avión desciende en la ciudad de Port-au-Prince uno se pregunta por esa enorme extensión de cosas (¿casas?) celestes y blancas que desde el aire parecen ser plástico y que al descender se vé que, efectivamente, es lona de plástico. Son los miles y miles de viviendas presuntamente provisorias de los haitianos sin techo a causa del terremoto del 12 de enero, un campamento del tamaño de un país. El avión toma la pista, carretea, más carpas y carpas apiñadas, casi unas sobre las otras, cuadras, barrios enormes, el aparato se detiene frente a un hangar y la mirada busca el aeropuerto, una construcción, después sabré que no la hay, que sólo quedó un edificio quebrado y que esa suerte de hangar, de depósito, una barraca de techo de latas, es todo lo que se mantiene en pie. Montañas de bolsas y cajas de lo que supongo ayuda humanitaria -leo al pasar palabras como “samaritain” o siglas como USAID- se acumulan a los costados de la única pista y aún mucho más allá. El hangar donde llegan los pasajeros del avión Miami-Port-au-Prince es un caos de gente que hace migraciones o busca sus valijas o, sospecho, sale sin más trámite a la calle. Y me voy dando cuenta, aún antes de entrar oficialmente al país, que en este sitio no es difícil sortear los controles y la ley si se tiene al conocido o el billete adecuado. Aunque muchos pasaron hacia afuera sin trámite la fila es larga y amenizo la espera tratando de descifrar las charlas en creole de mis vecinas -casi todas mujeres- de infortunios, apenas una palabra acá y otra palabra allá, a veces media frase como mucho, y recuerdo que alguien me dijo que ni pensara en entender su lengua si sólo sabía francés: pas possible, pas possible, me dijo Michel. De todas formas entablo algunas conversaciones con haitianas que llevan petates y bebés, hasta un balde que no puedo ver qué contiene, me dicen que el calor, que la humedad, que la espera, que así es Haití. Me doy cuenta de que apenas hablan francés aunque es una de las dos lenguas oficiales, luego sabré que sólo quienes tuvieron una educación formal son capaces de hablarlo, y no siempre ni muy bien. En el barracón hay 6 ventiladores de techo para una superficie que requeriría no menos de 20, y de esos 6 sólo funciona la mitad. Intento ponerme de frente a uno de estos aparatos y sólo logro alborotarme un poco el pelo. Hecho el trámite, las valijas no aparecen. Son dos y ninguna está en el islote de paquetes atados, bolsas de plástico y maletas remendadas con cinta de embalar. Allá a las cansadas y luego de reclamar y gritar un poco en francés y español e inglés aparecen donde no deberían estar, detrás de algo que parece un muro que separa de algo que parece una oficina donde atiende alguien que parece un funcionario. Intento poner cara amenazante, el funcionario pone cara de hagaloquequiera, me las llevo, salgo cargada y sudorosa y asustada a donde pienso que está la calle, donde seguramente me esté esperando alguien que tendrá un cartelito con mi nombre, un cartelito tranquilizador escrito sobre una cartulina blanca, tal vez impreso con letras azules o negras. Salgo al exterior del hangar, pero la calle no está donde debiera. Una multitud de hombres, y a esta altura debo decir que aquí todo pero todo el mundo es negro, me rodea, todos intentan llevar mis valijas, conseguirme taxi u hotel, venderme papayas o chicles americanos o bolsitas con agua, cambiarme dinero. Dolar, dolar, water, water, gritan en mis oídos. Yo los empujo, trato de eludirlos, casi corro por un sendero de tierra seca que espero me lleve a la salida, un camino que va entre lo que sería el aeropuerto -si hubiere- y una alambrada tipo campo de concentración detrás de la que se ven las casas y la gente y los buses y los perros, una alambrada que separa este tercer mundo de algo que ya sospecho el cuarto o el quinto. Camino bajo un sol de mil demonios aunque no son ni las 8 de la mañana, un calor lleno de partículas de polvo tiñe las pieles de esta gente y los vuelve pálidos, fantasmales; camino y llego a donde termina el alambrado que se abre por fin a la calle, y allí sí, entre una multitud de vendedores y frutas y moscas y más perros, el cartel con mi nombre, un chofer sostiene el cartel con mi nombre, un papel con mi apellido mal escrito, una sonrisa blanca me saluda, toma mis valijas y me lleva al auto, al interior cerrado, acolchonado, aislado, perfumado, climatizado, donde cierro los ojos, me aflojo y respiro en una bocanada llena de alivio todo el aire que me faltó en la última hora. La camioneta traquetea por lo que queda de calles en esta ciudad, sube y baja laderas empinadas repletas de gente, de chiringuitos donde se vende de todo, no hay pavimento ni vereda o están rotos y el espacio público sigue la ley del más fuerte: la gente se corre cuando un auto se le viene encima, un auto se corre cuando un camión se le viene encima. Aunque vamos con los vidrios cerrados parece que los olores se filtraran a través del hermetismo acondicionado: frutas al sol, flores tropicales, cuerpos sudorosos, comida frita, todo se entrevera y penetra por algún resquicio de nuestro universo aséptico móvil. Después de una hora y de un breve recorrido uno ha visto todo lo que hay para ver en Port-au-Prince, el palacio de gobierno partido, quebrado por el terremoto, los escombros, los campamentos, y sobre todo la vida que pugna por seguir en las condiciones más inhumanas. Veo a una mujer que camina entre carpas en pleno centro de la ciudad, va sólo vestida con una toalla y jabón en mano, veo niños que salen de una de esas ciudades provisionales vestidos con sus uniformes escolares, hombres muy flacos que arrastran carros enormes cuesta arriba, mujeres, muchas mujeres embarazadas, flacas mujeres embarazadas. El chofer, Jean, no quiere llevarme a ver la Cité Soleil, la bidonville fundada por Papa Doc que concentra todos las desgracias de este desgraciados país: desempleo endémico, analfabetismo, insalubridad, violencia armada, falta de los servicios más esenciales para entre 200 y 300 mil personas que sobreviven con menos de 2 dólares diarios en una de las ciudades más caras de América Latina. Sé que no podríamos entrar porque hay un control externo de la MINUSTAH pero los alrededores ya muestran el panorama de barro mezclado con basura e infestado de mosquitos sobre el que viven las personas, los chanchos, las gallinas, con un telón de fondo de fábricas cerradas y decrépitas, viviendas que son agujeros que no estoy segura de querer mirar. Aquí, en los alrededores de Cité Soleil, Haití es más Haití que nunca. Toda la ciudad parece vivir una calma precaria antes de las elecciones, no sucede nada que indique un estallido de violencia como ya aconteciera en el 2005, pero hay indicios en el ánimo de la gente de que eso podría suceder de nuevo, sin contar con que muchísimos haitianos, a pesar de su pobreza, tienen armas en sus casas y, por lo que sé, pocos reparos en usarlas. Estamos varados en las montañas del sur, un ómnibus lleno de pasajeros por dentro y de petates variopintos por encima del techo se atraviesa averiado en medio de la ruta o camino o apenas sendero que va serpenteando los abismos entre Les Cayes y Jérémie, capital de Grand'Anse, nuestro destino. Aparentemente se quebró el eje, es una mala noticia para los pasajeros, y para mí por supuesto. Llamamos a nuestro coordinador que llama al jefe que llama a un tractor que no llama a nadie ni aparece, por ahora, en el horizonte. El sol era terrible hasta hace unos pocos minutos, el calor debía de andar por los 40, pero siempre se puede estar peor y ahora se desencadena una lluvia de todos los diablos como sólo en estas latitudes sabe caer, fuerte, abigarrada, estrepitosa, y nos empapa sin aliviar el bochorno. Ahora estamos encerrados en el auto, el motor apagado -no podemos gastar nafta porque no sabemos cuánta necesitaremos para salir y non non non, dice el chaufeur, pas de réfrigération-, el escándalo del agua contra el metal impide escuchar la música tropical de mi colega, y creo que de alguna forma es la única bendición en mi vida en este preciso instante. Pensar que hace un par de horas veníamos riendo de todo por estos caminos escarpados, rodeados de un paisaje de fotografía, todavía frescos y con el sueño de una ducha y una langosta que nos esperaban al final del camino, y ahora chau langosta, ducha y hasta camino porque este chaparrón provoca ríos de lodo que desdibujan sus ya irregulares contornos. No quiero pensar en dormir acá, no quiero. Sin embargo una fila de autos por detrás frustraría cualquier proyecto de regresar, y los auxilios no llegan después de ya casi 3 horas de espera. Acá nada funciona pero milagrosamente sí tienen señal los teléfonos celulares y así nos comunicamos con la gente de Les Cayes y Jérémie, además logro conectarme a internet con el usb, lento pero envío un par de mensajes a mi casa en Uruguay. No sé en qué momento el chaparrón furioso se convirtió en llovizna. El paisaje de selva y montaña bañado de sol de hace una hora se ha vuelto gris, tiene los límites borrosos de la niebla. Aunque distraída y tecleando algo en la computadora, capto un movimiento que me alerta. El reflejo se produce de inmediato, suelto la computadora, abro la puerta y salto del auto mientras veo al ómnibus deslizarse en el barro, justo hacia nosotros, lo veo acercarse a menos de tres metros y salto sin pensar en el agua y mis zapatos y el barro. Por suerte algunos hombres lo detienen y además del susto sólo queda mi pantalón empapado hasta la cadera y mis pies envueltos en barro espeso que intento inútilmente retirar con una hoja de información sobre las elecciones. Mi chofer desaparece entre la multitud que vuelve a descender del vehículo averiado, lo veo gritar pero, como siempre me sucede desde que pisé Haití, las conversaciones en creole me llegan como una lengua familiar de donde pesco palabras aisladas y se me pierde el sentido general. Por suerte los haitianos son muy expresivos y muchas veces no entiendo el idioma oral pero sí el gestual. Jean está allí adelante, señala unas piedras, grita algo, algunos hombres asienten y gritan a su vez, mueven sus brazos como molinos, giran las cabezas, finalmente se ponen a separar piedras en un plan que me resulta incomprensible. Unos diez minutos después entra Jean al auto, se limpia las manos, no me mira y habla entre dientes, pone primera y comprendo entonces sus intenciones de pasar el auto entre el ómnibus roto y el precipicio, pero cuando quiero descender me encuentro ya a mitad de camino y sobre el incierto camino improvisado. Sé que siempre hay que tener dos ruedas apoyadas, sé que el peso del vehículo está balanceado como se debe, con la carga mayor del lado del camino y la menor -o sea, yo- del lado de la cornisa, sin embargo mientras pasamos me siento temblar las manos y las piernas. Un coro de gritos nos acompaña, más gestos, palmas blancas en cuerpos negros que nos dicen de detenernos porque algo anda mal. Nos detenemos, Jean rectifica la dirección y pone primera otra vez, espero -aunque no quiero mirar- que haya puesto la marcha de fuerza y las dos tracciones. Un rugido de motor, unas convulsiones y salimos, arrancamos moliendo piedras que saltan a todos lados, un geiser de barro disparado hacia el abismo, y yo me agarro de la puerta, me agarro del asiento, me agarro, me agarro, me saco el cinturón para saltar, casi me paro sobre el asiento, tensa y alerta mientras la camioneta pasa bamboleándose sobre el terreno escarpado. Pasamos, pasamos al otro lado. Nos vamos rumbo a Jérémie, somos casi libres.

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